¿Es posible controlar nuestras emociones? Los beneficios de aceptar lo que sentimos

Actualmente, utilizamos con frecuencia conceptos como “gestión emocional” o “control de las emociones” para referirnos a estrategias que nos permiten desarrollar nuestra inteligencia emocional. Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos “controlar” lo que sentimos?

Cuando observamos la naturaleza esencial de las emociones nos damos cuenta de que se trata de algo vivo, dinámico, cambiante e impermanente, en constante movimiento. Para hacernos una idea, podemos imaginarlas como una corriente de agua que al intentar contener con las manos, se nos escapa entre los dedos y adquiere incluso mayor fuerza para atravesarlos y seguir su cauce natural.

Luchar contra las emociones nos bloquea

Este mismo efecto es el que se genera cuando intentamos controlar, contener, esconder o eliminar una emoción ya que ésta adquiere mayor intensidad y puede llegar incluso a “apoderarse” de nosotros. Esto sucede especialmente con las emociones que hemos aprendido a catalogar como “negativas”, por ejemplo la tristeza, la rabia o la ira, ya que no nos gusta sentirnos “mal” y éstas nos molestan, nos incomodan, etc. De manera que lo que hacemos es percibirlas como si fueran nuestras enemigas y luchamos contra ellas, centrando nuestros esfuerzos en hacer que desaparezcan, sin tener en cuenta que quizás están aquí por un motivo más beneficioso que el de fastidiarnos.

  A lo que te resistes, persiste. Carl Jung

Así pues, es precisamente cuando intentamos cambiar lo que sentimos, sin haberlo aceptado previamente, cuando perdemos el control y nos “enganchamos” a un estado emocional, nos fusionamos con lo que nos pasa y nos volvemos incapaces de sentir nada más. Así es como permanecemos donde estamos, persistimos en la incomodidad y, además, con la sensación de que no podemos hacer nada para cambiar lo que nos pasa.

Aceptar lo que sentimos nos hace libres

Un buen punto de partida para la aceptación emocional es desaprender que las emociones se dividen entre positivas o negativas, entre buenas o malas, y considerarlas a todas como recursos útiles para nuestra persona y nuestro bienestar. Podemos imaginarlas como si fueran nuestras amigas o aliadas, con las que nos vamos a dar un paseo o a tomar algo, siendo conscientes de que han venido a ayudarnos y a enseñarnos algo de nosotros mismos.

¡Ojo! No se trata de conformarse con lo que hay, sino todo lo contrario. La aceptación  emocional consiste en asumir lo que sentimos para poder liberarnos y actuar de forma consciente, en coherencia con lo que necesitamos en este momento y lo que para nosotros es importante.

Esto significa que debemos dejar a las emociones el espacio suficiente para que se muestren y confíen en nosotros, ya que nos ayudarán a entender mejor lo que nos pasa y a sentirnos mejor. Si volvemos a imaginar la corriente, sería como dejar que el agua corra, observándola atentamente y acompañándola en su camino, para ver hacia dónde nos lleva.

Todos queremos ser mirados

A todos nos gusta que nos reconozcan, que nos vean y nos miren, que nos validen y sobretodo que no nos juzguen y nos acepten tal como somos. Des de que llegamos a nuestra familia, seguramente nuestro deseo principal es este, el de ser mirados. Y nos acompaña a lo largo de nuestra infancia, adolescencia, juventud y madurez, aunque parece que con la edad le restamos importancia a este deseo, como si nos importara menos. Si bien puede ser cierto que el deseo sea más intenso en la infancia, sobretodo durante los primeros años de vida, así como los efectos de ser o no mirados y reconocidos en este momento, nuestr@ niñ@ siempre va con nosotros, nos acompaña y también quiere que le miremos, también necesita que le transmitamos lo mucho que lo valoramos y nos importa. Y es que somos también ese niñ@ aquí y ahora.

Ocurre a menudNIÑO_INTERIORo que este deseo no ha sido cumplido en todos los casos, sino que vivimos con la sensación de que en algún momento, en nuestra familia, no nos miraron. En alguna ocasión no fuimos reconocimos cómo esperábamos, quizás en el momento de nacer, durante nuestro desarrollo, en relación a nuestros hermanos, al tomar una decisión familiar importante, etc. A veces sentimos que nunca nos han mirado, alguno o incluso ninguno de los miembros de nuestra familia. Este sentimiento nos puede hacer sentir insatisfechos, como si hubiera algo en nuestro interior que no está resuelto y aún nos molesta. A veces, en cambio, existe esta sensación pero no nos damos cuenta, y aún así nos influye en cómo nos relacionamos, con nosotros mismos, con los demás y con la vida.

Si sientes algo así o si intuyes que esta sensación te acompaña puede haber llegado el momento de reencontrarte contigo mism@, de mirar hacia dentro, hacia ti y hacia ese niñ@ que vive dentro de ti. También de reconstruir tu historia, tu pasado y así, a la vez, tu presente. Y con ello tus relaciones y tu vida en general, para ser más tu mism@, para conectar aún más con tu mejor versión. Esta escultura muestra el poder de nuestr@ niñ@ interior, su genuïnidad y naturalidad, para conectar con la vida, con la plenitud, con el mundo y con lo que de verdad importa. No dudes en escucharle, conversar con él/ella, hacerle reír, descubrir qué le gusta y qué no le gusta, y qué le hace sentir conectad@ con la plenitud.

Aquí os dejo con una escena de la película The Kid, en la que Bruce Willis, lejos de tiroteos, bombas y edificios que se derrumban, se encuentra con su niño interior de 8 años en el interior de su casa. Esto lo desmonta inicialmente, pero a la vez le permite reconstruirse a si mismo, su historia, su vida y sus relaciones.